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agosto 26, 2011

Vila-Matas piensa en su arte

Esta mañana he leído la ficción crítica Chet Baker piensa en su arte, del libro homónimo de Vila-Matas. Me ha entusiasmado tanto que por poco no pude contener el deseo de ampliar el texto, pero no el texto, su personalidad. En cualquier caso, mi tentación no era otra que la de copiar, hacer del plagio estimulante una ficción de mí mismo. De manera que, invadido por el aire Bartleby que aquí abunda, cambié de idea, y, como se habrá sospechado, preferí no hacerlo. Sin embargo, ahora que lo pienso, este mundo Bartleby que voy esbozando con frases de otros responde, más que a la pura negligencia, a la vigilancia obsesiva que me permite hallar en la copia lo que prefiero no decir yo, pero que suscribo como si fuera mío; lo que, a fin de cuentas, se vuelve mío. Esta cuestión la explicaría más o menos de la siguiente manera, pensando, además, en una idea que me da vueltas en la cabeza desde que comencé a leer el texto: todo artista contemporáneo, o mejor, hipermoderno, es él mismo su propia obra; lo que en este caso se comprueba con la lectura de Chet Baker piensa en su arte y con la comprensión —tan urgente hoy— de las diferencias entre el realismo Hire y el Finnegans. Y es que, en el caso de Vila-Matas, como en el de todo escritor que lo sea verdaderamente, su manera de escribir a veces consiste en meter la cabeza en una jaula.
        Dicho de otro modo: El realismo Hire vive en un imaginario barrio de gente normal y buena, rayando en la santidad, donde la práctica de la virtud (respetabilidad, piedad) realza la vida cotidiana. Es un realismo que tiene premios y es vitoreado por críticos tarugos y por lectores gandules. Por el contrario, el realismo Finnegans tira más hacia el monte y suele vivir en la noche y a la intemperie y en gran convivencia con la bárbara verdad de fondo, con la verdad patibularia del mundo.
        Hay una cierta incomprensión hacia el realismo Finnegans, pues de entrada no es visto ni tan siquiera como realismo cuando, de hecho, es lo más próximo que existe a la realidad muda y clamorosamente no narrativa del mundo, es decir, lo más próximo que existe a la verdad que nos ofrece la realidad misma. Y hay también una cierta falta de información, escasean las facilidades para que el lector medio tenga la ooprtunidad de recobrar su primer recuerdo de esta vida, el recuerdo de la primera impresión que tuvo ante el mundo: una dura realidad, bárbara y muda.



Aquí el inicio de Chet Baker piensa en su arte.

enero 10, 2011

Sobre Cuaderno del paseante

En el número de enero de la revista Este País aparece una generosa reseña de José Mariano Leyva sobre Cuaderno del paseante. Acá unos extractos:

Un salto al vacío que, para colmo, nos pide que gocemos al caer.

[...]

Guiado de la mano de William Carlos Williams, por ejemplo, Ramírez nos sugiere que los poemas sirven para medir, y que esta tarea se torna ardua cuando “el hombre moderno ha perdido la medida de sí mismo. Todos sus sistemas de creencias —morales, religiosas, etcétera— han sufrido un cambio”. De la misma manera, Ramírez rescata a Gilles Lipovetsky en una sentencia que el sociólogo francés propuso: estamos saturados de información. Lipovetsky se refiere sobre todo a información televisiva, radiofónica, la que como salivazos de poca profundidad empapan Internet. Moisés Ramírez se mueve mucho en medio de esos dos conflictos, sin duda complementarios: un exceso de información vana que provoca perder la medida de nosotros mismos. ¿Qué queda entonces? No la receta para solventar los problemas. Para ello ya estamos inundados de libros de cómo ser felices en 15 minutos. Tampoco la búsqueda del ser en religiones, escapes, incluso filosofías. La opción para Ramírez sabe mucho a pérdida. A esclarecerse individualmente a través de lo irrecuperable. No como nostalgia, como precepto. Encontrarle cariño a la incertidumbre.

[...]

Los paseos literarios se confunden con los paseos por la ciudad. Las valoraciones se toman con cautela, como si su emisor fuera también el primer detractor. El libro es un estado de ánimo. Sombrío las más de las veces. Ramírez se pregunta a cada vuelta de página por qué está haciendo lo que hace, pero nunca deja de hacerlo. Escribir. Leer. Preguntarse. Mantener el semblante lúgubre. El nihilismo es un invitado recurrente en Cuaderno del paseante. Y esos dos ingredientes —lo lúgubre, lo nihilista—, recuerdan mucho al estilo de los escritores modernistas aún decadentes del cambio del siglo XIX al XX. Descreer de todo y aceptar que se vive con un propósito tan poco seguro como la eterna búsqueda de la estética. Y luego descreer también de ella.

[...]

Los libros persiguen a Moisés Ramírez de manera obsesiva. Lo hacen sufrir. Cada opción literaria se torna en infinita posibilidad. Un laberinto que, a cada paso, construye nuevas paredes. Nuevos pasadizos. Los libros no lo dejan en paz. Le convierten la cabeza en una caja de resonancia que no para de emitir reflexiones. Algunas muy poéticas, algunas muy racionales. Son varias las páginas de su propio libro donde confiesa este mal. Un padecimiento que recuerda al Mal de Montano de Enrique Vila-Matas. Las ideas leídas se vuelven reflexión escrita. No hay escapatoria. Es la prolongación del lúcido mal. Y no me cabe la menor duda: Ramírez no se deshará de ese anatema. Seguirá leyendo, escribiendo. La literatura lo seguirá persiguiendo. Eso me da mucho gusto y me hace pensar: es la primera vez que celebro una maldición.

enero 08, 2011

El número Shandy por excelencia

27: Quiero que te preguntes finalmente qué sucede si un escritor quiere comenzar de nuevo. Faltan ensayos, estudios acerca de esta delicada cuestión. ¿A qué clase de problemas se ha de enfrentar el escritor que desea volver a empezar? Se me ocurre uno, así al primer bote: tiene que olvidarse de lo mucho que le fascinan algunas de las cosas que ha escrito a lo largo de su carrera. Pero se trata de hacer tabla rasa y convertirse en un escritor que comienza de nuevo, no hay lugar para los sentimentalismos. ¿A qué otros problemas se tiene que enfrentar? A problemas relacionados con la técnica, sin duda. Pero también con su propio mito de escritor y con su propio lugar. Le conté en Nueva York a Sergio Chejfec que a veces me planteaba volver a empezar y soñaba que estaba en el imposible punto de partida. Me dio un consejo, me dijo que no era tan imposible situarse en ese punto, sepultar un día de golpe mi propio mito de escritor. Quizás bastaba con escribir como si fuera otro, hacerlo con un pseudónimo. Nada tranquiliza tanto como una máscara. En mi caso, sería una máscara sobre la máscara que ya llevo puesta. ¿Es una utopía imposible el cambio de identidad como escritor? Es probable que sea una utopía, pero sólo ya plantearse ese cambio puede hacer que se muevan muchas cosas, puede llegar a ser productivo, porque de hecho es una sensación que te puede permitir distanciarte un poco de los mismos mecanismos que has desarrollado y que muchas veces automatizan cómo concebir los libros. La construcción en este blog en web de la página de HALP ha sido una experiencia que me ha abierto a espacios nuevos en mi mente. He aprendido a escribir de un modo distinto un libro que ya había escrito. Lo considero un paso más para mi proyecto de un día comenzar de nuevo. Ahora es tiempo de silencio. Y tiempo de buscar la nueva máscara. Esta página, por su parte, se queda ya, al llegar al número 27, eternamente en construcción. Sabía que no lograría acabarla, pero lo más curioso es que tengo la sensación de no haberla ni siquiera empezado. Como se decía en el Tristram Shandy, hemos ido a la mayor velocidad posible, y sin embargo no hemos nacido aún. La página queda suspendida aquí para siempre en el número 27. He aprendido a modificar algunos usos técnicos y he ampliado horizontes. Ahora debo perderme por esa calle en la que me transformaré en otro. Voy a seguir el consejo que ayer me dieron por teléfono:
     —Si vas a vender tu alma al diablo, ve por esa calle y pregunta en el segundo piso de la casa donde los perros. Allí te permitirán sacar chispas cuando frotes dos piedras, y verás que hay otra luna que brilla desde otra parte.


diciembre 01, 2007

El abismo y el vacío: lecturas recientes

Hace algún tiempo encontré en una librería de viejo de la ciudad, El libro vacío de Josefina Vicens, el cual había estado buscando sin resultados. Curiosamente, ese día entré por un mero reflejo consumista. Estaba en uno de los estantes más bajos, oculto entre libros cuya cubierta de plástico había sido sustituída por una de polvo. Me acordaba de todo esto en la FIL de Guadalajara mientras descubría gustosamente una reedición de El libro vacío, en la que aparece también Los años falsos de la misma autora. He tomado este descubrimiento, igual de azaroso que el primero, como una señal para releerlo precisamente ahora que ando rondando por abismos y vacíos, ajenos y personales.




Este último asunto se nota sobre todo en mi lectura en turno: Exploradores del abismo de uno de mis escrutitores preferidos, Enrique Vila-Matas. Y como todos estos asuntos parecen estar encadenados por fuerzas realmente extrañas y sobrenaturales, debo decir que antes he leído Los hechizados de Gombrowicz, del que he salido no muy bien librado.