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julio 15, 2011

Ese vicio maravilloso

Escuché esta frase en una librería ambulante: «Es un vicio maravilloso». Quien la dijo se refería a la compra de libros o a la lectura, no pude averiguarlo. Pero como yo acababa de leer El vicio de la lectura de Edith Wharton, supuse que se trataba del mismo asunto.
            El ensayo de Wharton es, más que un crudo estudio de esa rara avis llamada lector mecánico, la lectura —nada viciosa, por cierto— de otro fenómeno en aparente peligro: el lector nato y la literatura, que es, a todas luces, el punto de encuentro entre la contemplación del mundo y su lenguaje. Así, Wharton expone en unas cuantas páginas el sentido de la lectura profunda, amenazada no sólo por el mercado editorial, sino por la estupidez del gran público lector. Dejo el final del ensayo, esperando arruinar la sorpresa que cualquier lector mecánico esperaría de todo libro:


Lo dañino del lector mecánico es por cuádruple partida. En primer lugar, al originar la demanda de la escritura mediocre, facilita la carrera del autor mediocre. El crimen de seducir al talento creativo para que forme parte de las filas de la producción mecánica es, de hecho, la ofensa más grave cometida por el lector mecánico.
            En segundo lugar, debido a su pasión por las contribuciones “populares” sobre materias difíciles y abstrusas —al confundir el más atropellado refrito de perogrulladas científicas con las lentamente maduradas concepciones del pensador original— obstaculiza la verdadera cultura y aminora la posible cantidad de trabajo verdaderamente duradero.
            El hábito de confundir los juicios intelectuales y morales es la tercera causa de su daño a la literatura. Lo inadecuado de su lema “el arte por el arte” en tanto credo literario, se ha admitido desde hace mucho tiempo. El lector mecánico no obstaculiza la producción de obras maestras debido a su exigenca de que el escritor imaginativo deba ser tocado por “asuntos excelsos”, sino por su propia incapacidad de discernir los “asuntos excelsos” de cualquier libro, sin importar que grande sea éste, misma que representa cierto impedimento intelectual a su visión. Para los que consideran la literatura como una crítica a la vida, nada es más incomprensible que su incapacidad para distinguir entre la tendencia general de un libro —su valor técnico e imaginativo en conjunto— y sus características meramente episódicas. Que el lector mecánico deba confundir lo amoral con lo inmoral quizá resulte natural; tal vez haya que perdonarlo por una clasificación errónea de libros como La Chartreuse de Parme o La vida de Benvenuto Cellini: su peligrosidad para la literatura subyace en su ignorancia persistente del hecho de que cualquier retrato serio de la vida debe juzgarse no por los incidentes que presenta, sino por el sentido del autor respecto a la importancia de éstos. El libro dañino es el libro trivial: depende del escritor y no de la materia1, sin importar que la contemplación de la vida dé como resultado un Fausto o un Faublas. Para apreciar la ausencia de esta percepción en el lector promedio, uno debe voltear al libro ordinario “impropio” de la actual ficción inglesa y estadounidense. En esas obras, disfrutadas bajo protesta, con la excusa de que son “desagradables, pero muy poderosas”, uno ve el reflejo de la imagen que los grandes retratos de la vida dejan en la mente del lector mecánico y de su novelista. Existe la colocación de “dolorosos” incidentes; pero el resto, al no ser percibido, se deja de lado.
            Por último, el lector mecánico —debido a su exigencia de literatura peptonizada, y a su incapacidad para distinguir entre los medios y el fin— ha mal encaminado las tendencias de la crítica, o más bien, ha engendrado una criatura a su propia imagen y semejanza: el crítico mecánico. El corresponsal en Londres de un periódico neoyorquino citó en fechas recientes a un “muy conocido crítico inglés”, que decía que la gente ya no tiene tiempo de leer los análisis críticos de los libros; lo que deseaban era un resumen del contenido. Ciertamente es una cuestión abierta (y que difícilmente encaja dentro del alcance de este argumento) en qué grado la crítica beneficia a la literatura; pero hablar como si el análisis de un libro fuera una especie de crítica, y la clasificación de su contenido fuese otra, es un absurdo manifiesto. El lector nato quizá desee o no quiera oír lo que los críticos tienen que decir sobre un libro; pero si acaso se preocupa por alguna crítica, él desea la única que es digna de ese nombre: el análisis de la materia y de la forma. Aquel que no tiene tiempo para tales críticas ciertamente no escatimará ningún resumen del contenido de un libro: un inventario de sus incidentes, que culmina con la convencional frase: “Pero no echaremos a perder el deleite del lector al revelar que... etcétera”. El lector mecánico es el que exige tales resúmenes y el que los llama críticas; y debido al lector mecánico la mayor parte de las veces los extractores de trama están superando con rapidez a la crítica. Aunque la crítica real esté al servicio de la literatura o no lo esté, resulta claro que esta pseudo reseña es dañina, debido a que coloca libros que tienen muy diversas calidades en el mismo nivel inerte de mediocridad, al ignorar su verdadero significado e importancia. Resulta imposible dar una idea del valor de cualquier libro —excepto quizá para los de historias de detectives— mediante la recapitulación de su contenido; e incluso aquellas cualidades que diferencian las buenas historias de detectives de las malas, no residen tanto en la disposición de los incidentes, como en el manejo de la materia y en la elección de los medios utilizados para producir un efecto determinado. Todas las formas de arte se basan en el principio de selección, y en donde dicho principio no se toma en cuenta en la suma total de cualquier producción intelectual, no puede haber crítica genuina.
            Así pues, el lector mecánico trabaja de manera sistemática en contra de lo mejor de la literatura. Es obvio que resulta más dañino para el escritor. La amplia senda que conduce a la aprobación por parte de dicho lector se recorre tan fácil y está tan pletórico de compañeros de viaje, que muchos jóvenes peregrinos se han desencaminado por la mera ansia de tener compañía; y quizá no es sino hasta que termina el viaje, cuando dichos jóvenes llegan al Palacio de las Perogrulladas y se sientan al festín de alabanzas indiscriminadas, junto a los escritorzuelos que ellos más han despreciado, y ayudan a encomiar los platillos preparados en su honor, que sus pensamientos se vuelven con anhelo hacia el otro sendero: el camino recto que conduce a la “inmensa minoría”.






1 Es decir, el lenguaje. (Nota del amanuense)

febrero 28, 2011

Museo de sombras

“Tiritin panza”
“Tira del cuchillo conmigo, hasta despanzurrarlo”


La hora procuraba ser el atardecer o la noche, con el primer claro de luna. El lugar un descampado solitario pero no desierto; con un bosquecillo en los alrededores, o un seto, o una granja abandonada. Cuanto fuera necesario para garantizar a los actores el sostén de una presencia, aún inanimada, con apoyo entre bastidores o en las graderías, ya como árbitro o de testigo. Porque también el vencido, en la hipótesis más atroz, para que no agonizara bocabajo, con la cara entre el polvo, podría morir sentado, apoyando la nuca en el cojinete de un árbol o de una piedra... Tantos han muerto de esta manera, al abrigo de un olivo, de un muro, exhibiendo el impúdico desgarro con sus tripas palpitantes.



Gesualdo Bufalino, Museo de sombras

enero 26, 2011

Ochenta años después

Tres fragmentos del Prólogo al Índice de la nueva poesía americana, publicado originalmente en Buenos Aires, en 1926 y reeditado en Lima, en 2007 por la librería anticuaria Sur, perteneciente a El Virrey, cuya reciente crisis seguramente ensanchará la leyenda negra de ésta y otras antologías. La nueva edición incluye un prólogo de Mirko Lauer y un colofón de Mario Montalbetti.


I

Dejo aquí asesinadas las distancias.
     Se puede ir ahora en pocos minutos desde la esquina de Esmeralda y Corrientes, en Buenos Aires, hasta la calle de la Magnolia, en México.
     Pero no se crea que esto es una contribución al acercamiento de los países cuya explotación perdió España hace ya sus añitos. Tengo premura en declarar que el hispanoamericanismo me repugna. Eso es una cosa falsa, utópica y mendaz convertida, como no podía ser de otro modo, en una profesión idéntica a otra cualquiera. Se es hispanoamericanista como médico o comerciante. No conozco uno solo de tales parásitosque ejerza su oficio con desinterés, o así fuera solo con disimulo.

Alberto HIDALGO


II

No hay ruta exclusiva, ni una poesía escéptica de ella misma.
     ¿Entonces? Buscaremos siempre.
     En estremecimientos dispersos mis versos sin guitarra y sin inquietud, la cosa así concebida lejos del poema, robar la nieve al polo y la pipa al marino.
     Algunos días después me di cuenta de que el polo era una perla para mi corbata.
     ¿Y los exploradores?
     Convertidos en poetas cantaban de pie sobre las olas derramadas.
     ¿Y los poetas?
     Convertidos en exploradores buscaban cristales en la garganta de los ruiseñores.

Vicente HUIDOBRO


III

Un antiquísimo cuentero de cuyo nombre no quiero acordarme (es de Cervantes ese festejado melindre y se lo devuelvo en seguida) cuenta que en los principios de la era cristiana salió del mar una gran voz, un evangelio primitivo y final, y anunció a la gentilidad que el dios Pan había muerto. Tanto me gusta suponer que las cosas elementales participan en las del alma y son sus chasques o lenguaraces o nuncios, que hoy querría hablarles a todos con la voz salobre del mar y la incansable de los ríos y la enterrada de los pozos y la extática de los charcos, para decirles que se gastó el rubenismo ¡al fin, gracias a Dios!

Jorge Luis BORGES



1926



2007




















enero 10, 2011

Sobre Cuaderno del paseante

En el número de enero de la revista Este País aparece una generosa reseña de José Mariano Leyva sobre Cuaderno del paseante. Acá unos extractos:

Un salto al vacío que, para colmo, nos pide que gocemos al caer.

[...]

Guiado de la mano de William Carlos Williams, por ejemplo, Ramírez nos sugiere que los poemas sirven para medir, y que esta tarea se torna ardua cuando “el hombre moderno ha perdido la medida de sí mismo. Todos sus sistemas de creencias —morales, religiosas, etcétera— han sufrido un cambio”. De la misma manera, Ramírez rescata a Gilles Lipovetsky en una sentencia que el sociólogo francés propuso: estamos saturados de información. Lipovetsky se refiere sobre todo a información televisiva, radiofónica, la que como salivazos de poca profundidad empapan Internet. Moisés Ramírez se mueve mucho en medio de esos dos conflictos, sin duda complementarios: un exceso de información vana que provoca perder la medida de nosotros mismos. ¿Qué queda entonces? No la receta para solventar los problemas. Para ello ya estamos inundados de libros de cómo ser felices en 15 minutos. Tampoco la búsqueda del ser en religiones, escapes, incluso filosofías. La opción para Ramírez sabe mucho a pérdida. A esclarecerse individualmente a través de lo irrecuperable. No como nostalgia, como precepto. Encontrarle cariño a la incertidumbre.

[...]

Los paseos literarios se confunden con los paseos por la ciudad. Las valoraciones se toman con cautela, como si su emisor fuera también el primer detractor. El libro es un estado de ánimo. Sombrío las más de las veces. Ramírez se pregunta a cada vuelta de página por qué está haciendo lo que hace, pero nunca deja de hacerlo. Escribir. Leer. Preguntarse. Mantener el semblante lúgubre. El nihilismo es un invitado recurrente en Cuaderno del paseante. Y esos dos ingredientes —lo lúgubre, lo nihilista—, recuerdan mucho al estilo de los escritores modernistas aún decadentes del cambio del siglo XIX al XX. Descreer de todo y aceptar que se vive con un propósito tan poco seguro como la eterna búsqueda de la estética. Y luego descreer también de ella.

[...]

Los libros persiguen a Moisés Ramírez de manera obsesiva. Lo hacen sufrir. Cada opción literaria se torna en infinita posibilidad. Un laberinto que, a cada paso, construye nuevas paredes. Nuevos pasadizos. Los libros no lo dejan en paz. Le convierten la cabeza en una caja de resonancia que no para de emitir reflexiones. Algunas muy poéticas, algunas muy racionales. Son varias las páginas de su propio libro donde confiesa este mal. Un padecimiento que recuerda al Mal de Montano de Enrique Vila-Matas. Las ideas leídas se vuelven reflexión escrita. No hay escapatoria. Es la prolongación del lúcido mal. Y no me cabe la menor duda: Ramírez no se deshará de ese anatema. Seguirá leyendo, escribiendo. La literatura lo seguirá persiguiendo. Eso me da mucho gusto y me hace pensar: es la primera vez que celebro una maldición.

enero 08, 2011

El número Shandy por excelencia

27: Quiero que te preguntes finalmente qué sucede si un escritor quiere comenzar de nuevo. Faltan ensayos, estudios acerca de esta delicada cuestión. ¿A qué clase de problemas se ha de enfrentar el escritor que desea volver a empezar? Se me ocurre uno, así al primer bote: tiene que olvidarse de lo mucho que le fascinan algunas de las cosas que ha escrito a lo largo de su carrera. Pero se trata de hacer tabla rasa y convertirse en un escritor que comienza de nuevo, no hay lugar para los sentimentalismos. ¿A qué otros problemas se tiene que enfrentar? A problemas relacionados con la técnica, sin duda. Pero también con su propio mito de escritor y con su propio lugar. Le conté en Nueva York a Sergio Chejfec que a veces me planteaba volver a empezar y soñaba que estaba en el imposible punto de partida. Me dio un consejo, me dijo que no era tan imposible situarse en ese punto, sepultar un día de golpe mi propio mito de escritor. Quizás bastaba con escribir como si fuera otro, hacerlo con un pseudónimo. Nada tranquiliza tanto como una máscara. En mi caso, sería una máscara sobre la máscara que ya llevo puesta. ¿Es una utopía imposible el cambio de identidad como escritor? Es probable que sea una utopía, pero sólo ya plantearse ese cambio puede hacer que se muevan muchas cosas, puede llegar a ser productivo, porque de hecho es una sensación que te puede permitir distanciarte un poco de los mismos mecanismos que has desarrollado y que muchas veces automatizan cómo concebir los libros. La construcción en este blog en web de la página de HALP ha sido una experiencia que me ha abierto a espacios nuevos en mi mente. He aprendido a escribir de un modo distinto un libro que ya había escrito. Lo considero un paso más para mi proyecto de un día comenzar de nuevo. Ahora es tiempo de silencio. Y tiempo de buscar la nueva máscara. Esta página, por su parte, se queda ya, al llegar al número 27, eternamente en construcción. Sabía que no lograría acabarla, pero lo más curioso es que tengo la sensación de no haberla ni siquiera empezado. Como se decía en el Tristram Shandy, hemos ido a la mayor velocidad posible, y sin embargo no hemos nacido aún. La página queda suspendida aquí para siempre en el número 27. He aprendido a modificar algunos usos técnicos y he ampliado horizontes. Ahora debo perderme por esa calle en la que me transformaré en otro. Voy a seguir el consejo que ayer me dieron por teléfono:
     —Si vas a vender tu alma al diablo, ve por esa calle y pregunta en el segundo piso de la casa donde los perros. Allí te permitirán sacar chispas cuando frotes dos piedras, y verás que hay otra luna que brilla desde otra parte.


enero 01, 2011

Variedades del pesimismo

Las variedades del pesismismo. El pesimista dogmático. Generalmente, el pequeñoburgués extraviado. El pesimista dogmático suele desembocar normalmente en la reforma dogmática del mundo. El pesimismo dogmático como arte: siempre es moralismo. Su tema más frecuente es la falta de alegría (la descripión desagradable, sin redención alguna, de alguna injusticia social indignante o de una larga agonía, como ocurre en Simone de Beauvoir: Una muerte muy dulce). El artista moralizante siempre se aferra, en definitiva, al caso individual y se queda en la indignación infructuosa.
     Pesimismo romántico. Rechaza el mundo, pero de paso nos susurra los secretos al oído. Como el estafador ocasional, hace aflorar nuestra simpatía oculta de manera mezquina. Por su tendencia latente, este pesimismo es queja, súplica y rendición. En sus peores manifestaciones, un llamamiento encubierto al «sentido común». Este llamamiento al mundo triunfante siempre encuentra un oído atento. Resultado: abrazo sentimental, el verdugo perdona a la víctima. Hay que ir, pues, con mucho ojo, empeñarse en las formas cerradas, guardar el contenido detrás de un cristal, por así decirlo, para que sea bien visible pero intocable.
     Mi último argumento contra el moralista: que siempre se queda dentro del círculo. Le hacen asumir su papel, y cree que es él quien lo desempeña. El moralista no puede ser artista porque no crea el mundo sino que lo juzga, realizando, por tanto, un trabajo totalmente superfluo. Todo con el único fin de justificarse. Y para resarcirse e incluso quizá para vengarse, siempre presenta a su víctima como sufridor moral, esto es, al ser humano, al cual, de hecho, le da bastante risa. Porque la moral es desde luego un elemento imprescindible en la realidad, pero es al mismo tiempo el elemento más maleable del comportamiento humano; nunca he conocido a un hombre moral que no estuviera íntimamente convencido de su verdad moral y hasta de su superioridad. Lo interesante no es la moral, sino cómo se juega con ella en el espejo de la conciencia y de la voluntad de vida, sobre todo en las situaciones propias de una dictadura totalitaria.


Imre Kertész, Diario de la galera.

diciembre 23, 2010

Robert Walser

Herisau, 25 de diciembre de 1956. Durante su habitual paseo, Robert Walser sufre un infarto y muere. Luego, su cuerpo es hallado tendido en la nieve. El autor de El paseo y los fabulosos Microgramas, fue un maestro de la fuga y del dejar de ser uno mismo, prueba de ello es la existencia de uno de sus mejores alumnos: Kafka.
     Los paseos de Walser van siempre a ninguna parte, o bien, gracias a esa intención de no tener un destino, los paseos pueden derivar en cualquier parte, en cualquier cosa. El detalle más insignificante es lo que da sentido a sus paseos: los pies por un camino de nieve o el lápiz recorriendo el minúsculo espacio del papel. Habría que leer a Walser tal y como él escribía —los microgramas, por ejemplo—: sin un fin determinado, así el hallazgo será siempre mucho más profundo y, probablemente también, feliz.

diciembre 14, 2010

Kafka: aforismos

2

Todos los errores humanos son fruto de la impaciencia, una interrupción prematura de lo metódico, un estacar aparente de la cosa aparente.

62

El hecho de que no exista nada más que un mundo espiritual nos quita la esperanza y nos otorga la certeza.

109

No es necesario que salgas de la casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, sólo espera. Ni siquiera esperes, quédate en absoluto silencio y soledad. El mundo se te ofrecerá para que lo desenmascares, no puede evitarlo; arrobado, se retorcerá ante ti.


Franz Kafka, Aforismos de Zürau.

octubre 29, 2010

Burolencia

No veo nada ante mí... ninguna esperanza. Todo para mí ha terminado, nada quiere iniciarse. ¿Un balance? Después de tantos años, intensos a pesar de todo, laboriosos a pesar de todo... ¿quién soy? Un empleadito cansado por siete horas de burolencia, cuyas pretenciones de escribir han sido ahogadas. No puedo escribir sino este diario. Todo se ha ido al diablo debido a que día tras día, durante siete horas, realizo el asesinato de mi propio tiempo.


Witold Gombrowicz, Diario argentino.

octubre 25, 2010

Alí Chumacero, ecos de la otra orilla

El sábado pasado, mientras la última mesa del Encuentro de Poetas del Mundo Latino se apagaba en los destellos de una noche fatigosa, me enteré de la muerte de Alí Chumacero. No pasó mucho tiempo cuando descubrí a mi lado, sobre la banca de cantera en la que estaba sentado, una revista olvidada. La tomé y me fui de la escena para evitar sospechas, pero sobre todo el tener que devolverla. Se trataba, ni más ni menos, del número 133 de la revista el centavo, correspondiente a los meses abril-mayo de 1988. El ejemplar es un homenaje a Alí Chumacero, e incluye textos de Carlos Montemayor, Marco Antonio Campos, Octavio Paz y Ramón Xirau, entre otros. Pensé que habría sido una muy buena pasada del destino si la revista hubiese incluido un texto de Antonio Alatorre, fallecido el mismo día que Chumacero.
     Lo cierto es que esta rara coincidencia me provocó un miedo tanto absurdo como insoportable, por lo que no dudé en obsequiar la revista, de la que sólo me queda el recuerdo del hallazgo y esta bonita fotografía.

agosto 10, 2010

Un díptico anarquista

Estos dos libros de Roberto Arlt, Los siete locos y Los lanzallamas, serían muy útiles para los tiempos que vivimos, cuando menos para perderse en divagaciones que nos conduzcan a los más homdos y oscuros rincones de nuestro triste espíritu occidental y atormentado.

Aquí la anarquía es al final un buen repaso a la miseria y la indignidad de las sociedades (o de los principios de las sociedades) latinoamericanas. Arlt es, por supuesto, el maestro que todo escritor desearía tener, excepto Borges.






Dejo un par de citas de los prólogos de ambos libros:

el Erdosain de roberto Arlt se desvincula de la esfera social y religiosa para llevar consigo las tribulaciones de los imperativos que a su pesar lo dominan: Dios, la sociedad. Esto significa que Remo Erdosain se piensa y piensa a los demás desde dos puntos referenciales: la vinculación del hombre con la divinidad y la vinculación con la sociedad.
     Sus actos se inspiran en los dictados de esos imperativos. Está atraído alucinadamente por esos dos polos que, a la vez, niega.

Mirta Arlt, prólogo a Los siete locos.


El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un “cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “que los eunucos bufen”.

Roberto Arlt, prólogo a Los lanzallamas.

julio 15, 2010

Carta de Lord Chandos

Este texto clásico de Hugo von Hofmannsthal sobre la crisis del lenguaje, clasificado dentro de la literatura bartleby, va más allá de una insuficiencia del discurso y toca puntos claves dentro del pensamiento contemporáneo, que a su vez remite a un pensamiento tan antiguo como las religiones orientales. En el centro del mundo angustioso, el lenguaje entra en crisis para poder descubrir otra realidad, otro lenguaje, otra crisis...

La edición de José J. de Olañeta incluye un breve pero sustancioso Acercamiento a la Carta de Lord Chandos de Friedrich Th. Widerberg, del cual dejo unos extractos:


Crisis del lenguaje

Una verdad parcial y fragmentaria puede presentarse a veces con rotunda y aplastante sensación de totalidad en un contexto de confusión, y sólo con el tiempo y la progresiva maduración de otros aspectos de la personalidad adquirirá sus justas dimensiones y ocupará su lugar relativo en la armonía del conocimiento. La evidencia del discurso se complementará entonce, en un paradójico equilibrio, con la capacidad del lenguaje no ya para encerrar y agotar una verdad, pero sí para indicar la dirección en que debe orientarse la mirada.


Desintegración del yo

El hundimiento del mundo de las palabras implica inevitablemente el desmoronamiento del yo, de esa construcción ficticia a través de la cual cada uno se representa, con un grado mayor o menos de autoconvicción, el personaje que parece haberle tocado en suerte en la vida social y que no es, en definitiva, más que una acumulación de palabras, de ideas más o menos precarias que una atención silenciosa, implacable en su renuncia a cualquier compromiso previo —pre-juicio, en el sentido literal del término—, disuelve de manera más o menos fulminante:«Ni siquiera sé si sigo siendo la misma persona».


Transmutación de la realidad

la mirada que se dirige al mundo deja de estar rutinariamente condicionada por los hábitos mentales y los prejuicios de lo «ya conocido», una perspectiva nueva se abre a la percepción: la realidad adquiere una nueva dimensión; como si a una imagen plana se le añadiera una visión estereoscópica, relaciones antes inobservadas se manifiestan a la mirada, otorgando a las cosas y a los seres un valor distinto.

julio 03, 2010

La primera novela de Boris Vian

1. Voy a escribir este post escuchando On n'est pas là pour se faire engueuler, de Boris Vian.

2. Hace algunos meses en Tusquets apareció la primera novela de Vian, con motivo de su 50° aniversario luctuoso. El título original es Troubles dans les andains, que ahora se presenta como A tiro limpio.

Esta novela, de las más cercanas para mí de toda la obra de Vian, era prácticamente inconseguible; si mi bibliofilia no me engaña, la única traducción al español publicada era la de Icaria, de 1987, que, casualmente, fue el primer libro que leí de Boris Vian.

La novela tiene ese ritmo acelerado de toda la obra y la vida del autor de La espuma de los días, de modo que parece, a la par de otros títulos, que efectivamente Vian las escribía en apenas un par de días. Plagada de violencia y absurdos, la búsqueda del barbarino bifurcado o barbarón bífido finalmente se deja de lado; hay un héroe azteca de origen inca, Popotepec Atlazotl, y una mascota, el famoso Rhizostomus gigantea azurea oceanensis, que explota.

3. Boris Vian. Barón Visi. Brisavión.

4. Termino el post mientras, casi al mismo tiempo, va acabando Le déserteur, otra famosa canción de Boris Vian.

junio 29, 2010

Los sueños futuros

Dejo una animación sobre Pieza única de Milorad Pavic, un libro extraordinario sin extravagancias inútiles y con cien finales posibles. Un thriller esotérico que tiene la peculiaridad de ser una novela delta. Notará el lector este hecho en el acompañamiento del ya famoso Cuaderno azul del Inspector superior Eugen Stross, que es otra novela. El final, o los finales, dependerán siempre del sueño, de los sueños del lector, cazados (¿asesinados?) por Aleksandar Klozevits.

Hay que poner atención en la perspectiva simbólica del amor de este autor serbio, la cual aparece también en Siete pecados capitales y, sospecho (puesto que no lo he leído aún pero ya lo he hojeado un poco), en Diccionario jázaro. Una visión mágica que rápidamente calificaríamos de oriental, de medioriental, y que está también, a su modo, en el libro de otro autor serbio, Goran Petrovic, La mano de la buena fortuna, también ampliamente recomendable.

mayo 25, 2010

Comprimido potencial

En un blog de RFI he hallado una serie de dossiers sobre el OuLiPo, y una entrevista a Marcel Bénabou, que es algo así como un ambassadeur oulipien, en la que se habla también de Perec. Un extracto:

L'Oulipo, c'est l'OUvroir de LIttérature POtentielle.
Ce n'est pas un mouvement littéraire mais un groupe qui se réunit pour le plaisir de travailler sur les possibilités de l'écriture.
L'Oulipo est une tentative d'exploration méthodique des potentialités de la littérature et plus généralement de la langue.
Unissant à l'origine écrivains et mathématiciens, poètes et logiciens, l'Oulipo vise à assembler et à réassembler les lettres et les mots, à la manière des images recomposées, selon des formes, des structures, des contraintes nouvelles afin de produire des œuvres originales.

febrero 15, 2010

Que sí, Queneau


Si usted, como yo, es ocioso y terco, disfrutará la lectura de los Ejercicios de estilo (Cátedra, 1989) de Raymond Queneau (que, como se sabe, se pronuncia Que-no). Este libro trata una historia simple: Alguien (el narrador) ve en el autobús a un muchacho de unos 26 años con sombrero y cuello muy largo, quien increpa a un hombre algo mayor diciéndole que cada vez que los pasajeros suben o bajan del autobús le pisa los pies. Luego, el muchacho se lanza a un asiento que ha quedado libre. Un rato más tarde el narrador vuelve a ver al muchacho en la estación Saint-Lazare conversando con un amigo que le aconseja añadir un botón a su abrigo.


El ocio y la terquedad aparecen cuando esta historia es repetida 99 (noventa y nueve) veces, cada una con un estilo diferente. Este libro es uno de los más concidos de Queneau, y es un ejemplo de lo que, unos años más tarde, escribirían los miembros del famoso OuLiPo, fundado por el propio Queneau.

enero 02, 2010

Para los fans de Boris Vian


La edición de aniversario de L'Écume de jours, de 2007 y reeditada en 2009 bajo el sello Le livre de poche, incluye un librillo ilustrado que lleva por título L'univers de Boris Vian. Allí, un texto de Nicole Bertolt nos introduce justamente al universo de Vian, pero sobre todo al de la novela. Los lectores de La espuma de los días sabrán que en ella hay ciertas coincidencias con la vida, no solamente de su autor, sino del ambiente intelectual francés de la posguerra. Nada menos, en este universo vemos a Jean-Paul Sartre, mejor conocido como Jean-Sol Partre, al lado de Simone de Beauvoir, es decir la Duchesse de Bovouard, conversando animadamente en el café Le Procope de Saint-Germain-des-Prés junto a Boris Vian y su mujer, Michelle.

En la publicación se incluyen imágenes de:
a) El autor, también llamado Boris Vian.
b) Sus objetos personales: máquina de escribir, escritorio, credenciales, discos.
c) Manuscritos.
d) Mecanuscritos.
e) Contratos de edición y tabulaciones de derechos de Gallimard.
f) Carteles publicitarios de conciertos y presentaciones.
g) Dibujos.
h) Ediciones de La espuma de los días en francés y otros idiomas.
i) La “silla patafísica”, invento de B.V.
j) Etcétera.

Algunas imágenes del libro:


Los manuscritos de L'Écume de jours



Portada de L'univers de Boris Vian



Contraportada de L'univers de Boris Vian
(nótese el dibujo de Jean-Sol Partre arriba)

diciembre 28, 2009

El mito del rechazo



En la sección Archétype de Le magazine littéraire de octubre apareció un artículo titulado Bartleby, que dejo ahora con una traducción mía.


Bartleby
El escriba recalcitrante imaginado por Melville
se ha vuelto rápidamente una alegoría de todos los rechazos.

por Philippe Delerm



Ello habría podido recaer sobre Yo y mi chimenea, relato en el que el humor hace las delicias —cercano a la cuarentena, decepcionado por el mediano éxito de Moby Dick y el fracaso absoluto de Pierre o las Ambigüedades, Melville se retira entonces al campo y no escribe más que lo que considera como relatos alimentarios destinados a las revistas. Pero Yo y mi chimenea está escrito en primera persona, y, con o sin razón, mucho se asimila el narrador al propio Melville, lo que lo aleja de una posible universalidad. En cuanto a la chimenea, los exégetas han reconocido en él un símbolo tan ambiguo —y sin embargo transparente— que es difícil hacerlo un símbolo... del retiro.

Es por tanto Bartleby quien ha tomado todo. ¿Qué todo? Bien, todo lo que le damos, cada año, desde hace ciento cincuenta años. Parece que gana más quien más tiene. Aparentemente, el medio literario prefiere dar al pobre. ¿Para qué agotarse en perseguir ballenas blancas? En lo concerniente a Herman Melville, es en la nada donde se ha hallado el todo. Es poco decir que Bartleby, personaje principal del relato epónimo es un anti-héroe. Es en primer término un pobre absoluto, forzado a dormir a escondidas en la oficina, donde está dependiente de las escrituras. Escriba, entonces, como lo denomina actualmente el título francés del texto —pero por mucho tiempo este título fue Bartleby el escritor, lo que no es inocente en la mitología naciente. Pobre, pero sobre todo solitario, incluso autista, desdeñando (o temiendo) toda relación con sus colegas de trabajo. Solitario, pero sobre todo rechazante. Hay que ver la gula con la que todos los escritores, pero también los actores del medio de la edición, al enunciado del solo nombre de Bartleby, lanzan en eco la desde ahora cultísima y única frase del personaje. Algunos la conocen en inglés: «I woud prefer not to.» Otros proponen una de las dos traducciones francesas. La más antigua: «Je préférerais ne pas le faire»1, o la más reciente: «Je préférerais pas.»2 ¿Qué es lo que se trata de rechazar? Poca cosa. El Bartleby del realto rechaza simplemente toda tarea que escaparía por mínima que sea al trabajo de copia que le ha sido asignado en principio. Pero este rechazo es muy recurrente, emana de un personaje muy extraño y lejano, que está en curso de volverse la expresión de todos los rechazos.

El escritor español Enrique Vila-Matas ocupa un lugar muy particular en la mitificación de Bartleby. Su libro Bartleby y compañía es de una inteligencia a la vez ligeramente especiosa y seductora. La vaga relación mantenida por el personaje de Melville con el trabajo de la escritura posiblemente o no perdida le permite hacerlo un símbolo de todos los escritores que han renunciado a escribir una obra, o se han interrumpido en su avance. Descubrimos aquí que los autores que consideramos como logrados (un Chamfort, por ejemplo, o el propio Melville) son a sus propios ojos bartlebys, lo que por otra parte no augura en absoluto la imagen que verá de ellos la posteridad.

En Francia, la fascinación de Daniel Pennac por Bartleby es desde ahora bien conocida, desde que hizo el año anterior una talentosa lectura-espectáculo. Empezamos a conocer el Premio Bartleby de novela inacabada creado por Fréderic Royer. En cuanto a Marie Darrieusecq, ella afirma: «La princesa de Clèves preferiría no hacerlo.» Conocemos la aversión maliciosamente ostentada por nuestro presidente hacia la novela de Madame de La Fayette. ¿Es el «bartlebysmo» un anti-sarkozysmo? Sin duda mi personaje en Quelque chose en lui de Bartleby3 se opone a todo lo que es bling-bling. Hay en todo esto al menos una forma de resistencia, tanto más agradable de desplegar cuanto que se la quiere resueltamente pasiva, oponiéndose a la valorización de la acción obsesiva, ya sea profesional o deportiva. Pero creo que el mito de Bartleby, incluso si se apoya cómodamente sobre este contexto, lo aventaja por mucho. Tan simple como que es resueltamente literario. Es rechazando crear un estilo como se lo crea. Es en la soledad y la melancolía donde existimos verdaderamente. Hay muchas ideas un poco dispersas que caminan en nuestras cabezas, y que se cristalizan en Bartleby.






1. Idéntica a la traducción al español: «Preferiría no hacerlo.»
2. Como en inglés.
3. Alguna cosa en él de Bartleby.

diciembre 07, 2009

Un asunto solitario

¿Qué me hace ser lo que soy? ¿Soy sólo una idea, una posibilidad...?

Rodrigo Pardo, La máquina



Recuerdo ya con menos nerviosismo dos libros que leí casi al mismo tiempo: La hierba roja de Boris Vian y La invención de Morel de Bioy Casares. Más o menos por esas fechas mis entusiasmos literarios se enfocaban en las máquinas como representación no solamente de la realidad sino de la literatura toda. Piénsese en La invención de Morel, en la máquina, como la literatura, y en la máquina del tiempo de La hierba roja como la posibilidad de borrar todo lo que existe desde la literatura, o bien, desde el lenguaje.

La máquina (Premio García Lorca 2006/Teatro de la Universidad de Granada), de Rodrigo Pardo me ha devuelto a esa realidad mecanizada del lenguaje, o de la conciencia, o de la conciencia del lenguaje. En todo caso esa relación entre el hombre y la máquina (oscuro cliché de nuestra era), que en el libro es entre la mujer y la máquina (también mujer), conforma un conflicto trágicamente médico (sin el melodrama de las series de televisión): El trabajo de la máquina es mantener con vida a Lucía, y, por supuesto, el conflicto entre ambas ronda los cuestionamientos sobre la despersonalización (¿deshumanización?) de la vida. Una mujer mecanizada que conversa con una máquina humanizada/feminizada.

Y de pronto ya estoy pensando en nuestra comunicación en línea: hablamos con una pantalla que a fin de cuentas no es otra cosa que el reflejo de nuestras ausencias, la proyección de una soledad etiquetada por el vacío: no un vacío literario, sino virtual. Como esto:
MÁQUINA: Deberías decirlo, soy una máquina. Un conjunto de circuitos y conexiones, programada para acompañar, para proteger, y por ahora preocupada por mantenerte con vida. [...] Comencé a funcionar cuando me encendiste, cuando me hablaste de ti y del mundo, mejor dicho, de lo que queda de él, inerte...

LUCÍA: ...te descubrí espejo de mis propias ausencias. Pareciera que no me queda nada excepto alimentarme, dialogar contigo, dormir, volver a alimentarme, y así por los siglos de los siglos.

diciembre 06, 2009

No diré "Preferiría no hacerlo"

Ahora que renové el blog, y que me costó tanto trabajo hallar un nombre de mi agrado, y que me tomé ciertas horas para adornarlo, y que me entusiasmé, y que pensaba que me animaría a escribir más; me sale el tiro por la culata y pienso que si no escribo, o bien, si escribo que no voy a escribir, o incluso si, como ahora, escribo que no puedo escribir; en fin, si todo eso, voy a caer en el cliché del síndrome de bartleby. Pero, ¿no era ésa la idea? ¿Cuál es el verdadero cliché?

Probablemente todo. Y no sin dificultad me voy abriendo paso en la escritura. ¿Qué digo? Que estoy escribiendo sobre no poder escribir en mi nuevo blog. Cosas así. Pero el cliché, efectivamente, está en esas dos o tres frases dichas hasta el cansancio. Una vez más, aquí. Aunque de todos modos cliché o no, no he dicho nada realmente.

El caso es que