El ensayo de Wharton es, más que un crudo estudio de esa rara avis llamada lector mecánico, la lectura —nada viciosa, por cierto— de otro fenómeno en aparente peligro: el lector nato y la literatura, que es, a todas luces, el punto de encuentro entre la contemplación del mundo y su lenguaje. Así, Wharton expone en unas cuantas páginas el sentido de la lectura profunda, amenazada no sólo por el mercado editorial, sino por la estupidez del gran público lector. Dejo el final del ensayo, esperando arruinar la sorpresa que cualquier lector mecánico esperaría de todo libro:
En segundo lugar, debido a su pasión por las contribuciones “populares” sobre materias difíciles y abstrusas —al confundir el más atropellado refrito de perogrulladas científicas con las lentamente maduradas concepciones del pensador original— obstaculiza la verdadera cultura y aminora la posible cantidad de trabajo verdaderamente duradero.
El hábito de confundir los juicios intelectuales y morales es la tercera causa de su daño a la literatura. Lo inadecuado de su lema “el arte por el arte” en tanto credo literario, se ha admitido desde hace mucho tiempo. El lector mecánico no obstaculiza la producción de obras maestras debido a su exigenca de que el escritor imaginativo deba ser tocado por “asuntos excelsos”, sino por su propia incapacidad de discernir los “asuntos excelsos” de cualquier libro, sin importar que grande sea éste, misma que representa cierto impedimento intelectual a su visión. Para los que consideran la literatura como una crítica a la vida, nada es más incomprensible que su incapacidad para distinguir entre la tendencia general de un libro —su valor técnico e imaginativo en conjunto— y sus características meramente episódicas. Que el lector mecánico deba confundir lo amoral con lo inmoral quizá resulte natural; tal vez haya que perdonarlo por una clasificación errónea de libros como La Chartreuse de Parme o La vida de Benvenuto Cellini: su peligrosidad para la literatura subyace en su ignorancia persistente del hecho de que cualquier retrato serio de la vida debe juzgarse no por los incidentes que presenta, sino por el sentido del autor respecto a la importancia de éstos. El libro dañino es el libro trivial: depende del escritor y no de la materia1, sin importar que la contemplación de la vida dé como resultado un Fausto o un Faublas. Para apreciar la ausencia de esta percepción en el lector promedio, uno debe voltear al libro ordinario “impropio” de la actual ficción inglesa y estadounidense. En esas obras, disfrutadas bajo protesta, con la excusa de que son “desagradables, pero muy poderosas”, uno ve el reflejo de la imagen que los grandes retratos de la vida dejan en la mente del lector mecánico y de su novelista. Existe la colocación de “dolorosos” incidentes; pero el resto, al no ser percibido, se deja de lado.
Por último, el lector mecánico —debido a su exigencia de literatura peptonizada, y a su incapacidad para distinguir entre los medios y el fin— ha mal encaminado las tendencias de la crítica, o más bien, ha engendrado una criatura a su propia imagen y semejanza: el crítico mecánico. El corresponsal en Londres de un periódico neoyorquino citó en fechas recientes a un “muy conocido crítico inglés”, que decía que la gente ya no tiene tiempo de leer los análisis críticos de los libros; lo que deseaban era un resumen del contenido. Ciertamente es una cuestión abierta (y que difícilmente encaja dentro del alcance de este argumento) en qué grado la crítica beneficia a la literatura; pero hablar como si el análisis de un libro fuera una especie de crítica, y la clasificación de su contenido fuese otra, es un absurdo manifiesto. El lector nato quizá desee o no quiera oír lo que los críticos tienen que decir sobre un libro; pero si acaso se preocupa por alguna crítica, él desea la única que es digna de ese nombre: el análisis de la materia y de la forma. Aquel que no tiene tiempo para tales críticas ciertamente no escatimará ningún resumen del contenido de un libro: un inventario de sus incidentes, que culmina con la convencional frase: “Pero no echaremos a perder el deleite del lector al revelar que... etcétera”. El lector mecánico es el que exige tales resúmenes y el que los llama críticas; y debido al lector mecánico la mayor parte de las veces los extractores de trama están superando con rapidez a la crítica. Aunque la crítica real esté al servicio de la literatura o no lo esté, resulta claro que esta pseudo reseña es dañina, debido a que coloca libros que tienen muy diversas calidades en el mismo nivel inerte de mediocridad, al ignorar su verdadero significado e importancia. Resulta imposible dar una idea del valor de cualquier libro —excepto quizá para los de historias de detectives— mediante la recapitulación de su contenido; e incluso aquellas cualidades que diferencian las buenas historias de detectives de las malas, no residen tanto en la disposición de los incidentes, como en el manejo de la materia y en la elección de los medios utilizados para producir un efecto determinado. Todas las formas de arte se basan en el principio de selección, y en donde dicho principio no se toma en cuenta en la suma total de cualquier producción intelectual, no puede haber crítica genuina.
Así pues, el lector mecánico trabaja de manera sistemática en contra de lo mejor de la literatura. Es obvio que resulta más dañino para el escritor. La amplia senda que conduce a la aprobación por parte de dicho lector se recorre tan fácil y está tan pletórico de compañeros de viaje, que muchos jóvenes peregrinos se han desencaminado por la mera ansia de tener compañía; y quizá no es sino hasta que termina el viaje, cuando dichos jóvenes llegan al Palacio de las Perogrulladas y se sientan al festín de alabanzas indiscriminadas, junto a los escritorzuelos que ellos más han despreciado, y ayudan a encomiar los platillos preparados en su honor, que sus pensamientos se vuelven con anhelo hacia el otro sendero: el camino recto que conduce a la “inmensa minoría”.
1 Es decir, el lenguaje. (Nota del amanuense)
La hora procuraba ser el atardecer o la noche, con el primer claro de luna. El lugar un descampado solitario pero no desierto; con un bosquecillo en los alrededores, o un seto, o una granja abandonada. Cuanto fuera necesario para garantizar a los actores el sostén de una presencia, aún inanimada, con apoyo entre bastidores o en las graderías, ya como árbitro o de testigo. Porque también el vencido, en la hipótesis más atroz, para que no agonizara bocabajo, con la cara entre el polvo, podría morir sentado, apoyando la nuca en el cojinete de un árbol o de una piedra... Tantos han muerto de esta manera, al abrigo de un olivo, de un muro, exhibiendo el impúdico desgarro con sus tripas palpitantes.

En el número de enero de la revista
27: Quiero que te preguntes finalmente qué sucede si un escritor quiere comenzar de nuevo. Faltan ensayos, estudios acerca de esta delicada cuestión. ¿A qué clase de problemas se ha de enfrentar el escritor que desea volver a empezar? Se me ocurre uno, así al primer bote: tiene que olvidarse de lo mucho que le fascinan algunas de las cosas que ha escrito a lo largo de su carrera. Pero se trata de hacer tabla rasa y convertirse en un escritor que comienza de nuevo, no hay lugar para los sentimentalismos. ¿A qué otros problemas se tiene que enfrentar? A problemas relacionados con la técnica, sin duda. Pero también con su propio mito de escritor y con su propio lugar. Le conté en Nueva York a Sergio Chejfec que a veces me planteaba volver a empezar y soñaba que estaba en el imposible punto de partida. Me dio un consejo, me dijo que no era tan imposible situarse en ese punto, sepultar un día de golpe mi propio mito de escritor. Quizás bastaba con escribir como si fuera otro, hacerlo con un pseudónimo. Nada tranquiliza tanto como una máscara. En mi caso, sería una máscara sobre la máscara que ya llevo puesta. ¿Es una utopía imposible el cambio de identidad como escritor? Es probable que sea una utopía, pero sólo ya plantearse ese cambio puede hacer que se muevan muchas cosas, puede llegar a ser productivo, porque de hecho es una sensación que te puede permitir distanciarte un poco de los mismos mecanismos que has desarrollado y que muchas veces automatizan cómo concebir los libros. La construcción en este blog en web de la página de HALP ha sido una experiencia que me ha abierto a espacios nuevos en mi mente. He aprendido a escribir de un modo distinto un libro que ya había escrito. Lo considero un paso más para mi proyecto de un día comenzar de nuevo. Ahora es tiempo de silencio. Y tiempo de buscar la nueva máscara. Esta página, por su parte, se queda ya, al llegar al número 27, eternamente en construcción. Sabía que no lograría acabarla, pero lo más curioso es que tengo la sensación de no haberla ni siquiera empezado. Como se decía en el Tristram Shandy, hemos ido a la mayor velocidad posible, y sin embargo no hemos nacido aún. La página queda suspendida aquí para siempre en el número 27. He aprendido a modificar algunos usos técnicos y he ampliado horizontes. Ahora debo perderme por esa calle en la que me transformaré en otro. Voy a seguir el consejo que ayer me dieron por teléfono:
Las variedades del pesismismo. El pesimista dogmático. Generalmente, el pequeñoburgués extraviado. El pesimista dogmático suele desembocar normalmente en la reforma dogmática del mundo. El pesimismo dogmático como arte: siempre es moralismo. Su tema más frecuente es la falta de alegría (la descripión desagradable, sin redención alguna, de alguna injusticia social indignante o de una larga agonía, como ocurre en Simone de Beauvoir: Una muerte muy dulce). El artista moralizante siempre se aferra, en definitiva, al caso individual y se queda en la indignación infructuosa.
Herisau, 25 de diciembre de 1956. Durante su habitual paseo, Robert Walser sufre un infarto y muere. Luego, su cuerpo es hallado tendido en la nieve. El autor de El paseo y los fabulosos Microgramas, fue un maestro de la fuga y del dejar de ser uno mismo, prueba de ello es la existencia de uno de sus mejores alumnos: Kafka.




Estos dos libros de Roberto Arlt, Los siete locos y Los lanzallamas, serían muy útiles para los tiempos que vivimos, cuando menos para perderse en divagaciones que nos conduzcan a los más homdos y oscuros rincones de nuestro triste espíritu occidental y atormentado.
Este texto clásico de Hugo von Hofmannsthal sobre la crisis del lenguaje, clasificado dentro de la literatura bartleby, va más allá de una insuficiencia del discurso y toca puntos claves dentro del pensamiento contemporáneo, que a su vez remite a un pensamiento tan antiguo como las religiones orientales. En el centro del mundo angustioso, el lenguaje entra en crisis para poder descubrir otra realidad, otro lenguaje, otra crisis...
1. Voy a escribir este post escuchando On n'est pas là pour se faire engueuler, de Boris Vian.






