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agosto 26, 2011

Vila-Matas piensa en su arte

Esta mañana he leído la ficción crítica Chet Baker piensa en su arte, del libro homónimo de Vila-Matas. Me ha entusiasmado tanto que por poco no pude contener el deseo de ampliar el texto, pero no el texto, su personalidad. En cualquier caso, mi tentación no era otra que la de copiar, hacer del plagio estimulante una ficción de mí mismo. De manera que, invadido por el aire Bartleby que aquí abunda, cambié de idea, y, como se habrá sospechado, preferí no hacerlo. Sin embargo, ahora que lo pienso, este mundo Bartleby que voy esbozando con frases de otros responde, más que a la pura negligencia, a la vigilancia obsesiva que me permite hallar en la copia lo que prefiero no decir yo, pero que suscribo como si fuera mío; lo que, a fin de cuentas, se vuelve mío. Esta cuestión la explicaría más o menos de la siguiente manera, pensando, además, en una idea que me da vueltas en la cabeza desde que comencé a leer el texto: todo artista contemporáneo, o mejor, hipermoderno, es él mismo su propia obra; lo que en este caso se comprueba con la lectura de Chet Baker piensa en su arte y con la comprensión —tan urgente hoy— de las diferencias entre el realismo Hire y el Finnegans. Y es que, en el caso de Vila-Matas, como en el de todo escritor que lo sea verdaderamente, su manera de escribir a veces consiste en meter la cabeza en una jaula.
        Dicho de otro modo: El realismo Hire vive en un imaginario barrio de gente normal y buena, rayando en la santidad, donde la práctica de la virtud (respetabilidad, piedad) realza la vida cotidiana. Es un realismo que tiene premios y es vitoreado por críticos tarugos y por lectores gandules. Por el contrario, el realismo Finnegans tira más hacia el monte y suele vivir en la noche y a la intemperie y en gran convivencia con la bárbara verdad de fondo, con la verdad patibularia del mundo.
        Hay una cierta incomprensión hacia el realismo Finnegans, pues de entrada no es visto ni tan siquiera como realismo cuando, de hecho, es lo más próximo que existe a la realidad muda y clamorosamente no narrativa del mundo, es decir, lo más próximo que existe a la verdad que nos ofrece la realidad misma. Y hay también una cierta falta de información, escasean las facilidades para que el lector medio tenga la ooprtunidad de recobrar su primer recuerdo de esta vida, el recuerdo de la primera impresión que tuvo ante el mundo: una dura realidad, bárbara y muda.



Aquí el inicio de Chet Baker piensa en su arte.

julio 15, 2011

Ese vicio maravilloso

Escuché esta frase en una librería ambulante: «Es un vicio maravilloso». Quien la dijo se refería a la compra de libros o a la lectura, no pude averiguarlo. Pero como yo acababa de leer El vicio de la lectura de Edith Wharton, supuse que se trataba del mismo asunto.
            El ensayo de Wharton es, más que un crudo estudio de esa rara avis llamada lector mecánico, la lectura —nada viciosa, por cierto— de otro fenómeno en aparente peligro: el lector nato y la literatura, que es, a todas luces, el punto de encuentro entre la contemplación del mundo y su lenguaje. Así, Wharton expone en unas cuantas páginas el sentido de la lectura profunda, amenazada no sólo por el mercado editorial, sino por la estupidez del gran público lector. Dejo el final del ensayo, esperando arruinar la sorpresa que cualquier lector mecánico esperaría de todo libro:


Lo dañino del lector mecánico es por cuádruple partida. En primer lugar, al originar la demanda de la escritura mediocre, facilita la carrera del autor mediocre. El crimen de seducir al talento creativo para que forme parte de las filas de la producción mecánica es, de hecho, la ofensa más grave cometida por el lector mecánico.
            En segundo lugar, debido a su pasión por las contribuciones “populares” sobre materias difíciles y abstrusas —al confundir el más atropellado refrito de perogrulladas científicas con las lentamente maduradas concepciones del pensador original— obstaculiza la verdadera cultura y aminora la posible cantidad de trabajo verdaderamente duradero.
            El hábito de confundir los juicios intelectuales y morales es la tercera causa de su daño a la literatura. Lo inadecuado de su lema “el arte por el arte” en tanto credo literario, se ha admitido desde hace mucho tiempo. El lector mecánico no obstaculiza la producción de obras maestras debido a su exigenca de que el escritor imaginativo deba ser tocado por “asuntos excelsos”, sino por su propia incapacidad de discernir los “asuntos excelsos” de cualquier libro, sin importar que grande sea éste, misma que representa cierto impedimento intelectual a su visión. Para los que consideran la literatura como una crítica a la vida, nada es más incomprensible que su incapacidad para distinguir entre la tendencia general de un libro —su valor técnico e imaginativo en conjunto— y sus características meramente episódicas. Que el lector mecánico deba confundir lo amoral con lo inmoral quizá resulte natural; tal vez haya que perdonarlo por una clasificación errónea de libros como La Chartreuse de Parme o La vida de Benvenuto Cellini: su peligrosidad para la literatura subyace en su ignorancia persistente del hecho de que cualquier retrato serio de la vida debe juzgarse no por los incidentes que presenta, sino por el sentido del autor respecto a la importancia de éstos. El libro dañino es el libro trivial: depende del escritor y no de la materia1, sin importar que la contemplación de la vida dé como resultado un Fausto o un Faublas. Para apreciar la ausencia de esta percepción en el lector promedio, uno debe voltear al libro ordinario “impropio” de la actual ficción inglesa y estadounidense. En esas obras, disfrutadas bajo protesta, con la excusa de que son “desagradables, pero muy poderosas”, uno ve el reflejo de la imagen que los grandes retratos de la vida dejan en la mente del lector mecánico y de su novelista. Existe la colocación de “dolorosos” incidentes; pero el resto, al no ser percibido, se deja de lado.
            Por último, el lector mecánico —debido a su exigencia de literatura peptonizada, y a su incapacidad para distinguir entre los medios y el fin— ha mal encaminado las tendencias de la crítica, o más bien, ha engendrado una criatura a su propia imagen y semejanza: el crítico mecánico. El corresponsal en Londres de un periódico neoyorquino citó en fechas recientes a un “muy conocido crítico inglés”, que decía que la gente ya no tiene tiempo de leer los análisis críticos de los libros; lo que deseaban era un resumen del contenido. Ciertamente es una cuestión abierta (y que difícilmente encaja dentro del alcance de este argumento) en qué grado la crítica beneficia a la literatura; pero hablar como si el análisis de un libro fuera una especie de crítica, y la clasificación de su contenido fuese otra, es un absurdo manifiesto. El lector nato quizá desee o no quiera oír lo que los críticos tienen que decir sobre un libro; pero si acaso se preocupa por alguna crítica, él desea la única que es digna de ese nombre: el análisis de la materia y de la forma. Aquel que no tiene tiempo para tales críticas ciertamente no escatimará ningún resumen del contenido de un libro: un inventario de sus incidentes, que culmina con la convencional frase: “Pero no echaremos a perder el deleite del lector al revelar que... etcétera”. El lector mecánico es el que exige tales resúmenes y el que los llama críticas; y debido al lector mecánico la mayor parte de las veces los extractores de trama están superando con rapidez a la crítica. Aunque la crítica real esté al servicio de la literatura o no lo esté, resulta claro que esta pseudo reseña es dañina, debido a que coloca libros que tienen muy diversas calidades en el mismo nivel inerte de mediocridad, al ignorar su verdadero significado e importancia. Resulta imposible dar una idea del valor de cualquier libro —excepto quizá para los de historias de detectives— mediante la recapitulación de su contenido; e incluso aquellas cualidades que diferencian las buenas historias de detectives de las malas, no residen tanto en la disposición de los incidentes, como en el manejo de la materia y en la elección de los medios utilizados para producir un efecto determinado. Todas las formas de arte se basan en el principio de selección, y en donde dicho principio no se toma en cuenta en la suma total de cualquier producción intelectual, no puede haber crítica genuina.
            Así pues, el lector mecánico trabaja de manera sistemática en contra de lo mejor de la literatura. Es obvio que resulta más dañino para el escritor. La amplia senda que conduce a la aprobación por parte de dicho lector se recorre tan fácil y está tan pletórico de compañeros de viaje, que muchos jóvenes peregrinos se han desencaminado por la mera ansia de tener compañía; y quizá no es sino hasta que termina el viaje, cuando dichos jóvenes llegan al Palacio de las Perogrulladas y se sientan al festín de alabanzas indiscriminadas, junto a los escritorzuelos que ellos más han despreciado, y ayudan a encomiar los platillos preparados en su honor, que sus pensamientos se vuelven con anhelo hacia el otro sendero: el camino recto que conduce a la “inmensa minoría”.






1 Es decir, el lenguaje. (Nota del amanuense)

abril 02, 2011

A una amiga veneciana

Domingo por la mañana


     Tampoco yo: no tengo adioses.
     Me llevo su Alma y la mostraré a Dios y a los ángeles. Estará en el Universo. Las flores se mirarán en ella, maravilladas, y los pájaros se acercarán a beber. Será feliz.
     Mi corazón sigue contemplándola hincando las rodillas. La amo. Escucho las campanas.
     Infinitamente suyo.
R.M.

marzo 08, 2011

Un hombre que duerme

Sobre este libro magnífico e inquietante de Georges Perec, supuesta cumbre de la «Literatura Bartleby», aparece en Revista de Letras una crítica de Joan Flores Constans. Aquí un fragmento:
Empezar a leer un libro de Georges Perec tiene algo de inmersión; en las gélidas aguas de fondo invisible de un lago glaciar, rodeado de amenazantes cumbres nevadas, de El secuestro (La Disparition, 1969); en las cálidas aguas de un tibio mar sin límites, cuyas olas amables mecen al lector haciéndole perder la noción del tiempo de La vida, instrucciones de uso (La Vie mode d’emploi, 1978); o, como en el caso de este Un hombre que duerme (Un homme qui dort, 1967), un dejarse absorber por el ineluctable abrazo de las arenas movedizas de fondo incierto.

febrero 28, 2011

Museo de sombras

“Tiritin panza”
“Tira del cuchillo conmigo, hasta despanzurrarlo”


La hora procuraba ser el atardecer o la noche, con el primer claro de luna. El lugar un descampado solitario pero no desierto; con un bosquecillo en los alrededores, o un seto, o una granja abandonada. Cuanto fuera necesario para garantizar a los actores el sostén de una presencia, aún inanimada, con apoyo entre bastidores o en las graderías, ya como árbitro o de testigo. Porque también el vencido, en la hipótesis más atroz, para que no agonizara bocabajo, con la cara entre el polvo, podría morir sentado, apoyando la nuca en el cojinete de un árbol o de una piedra... Tantos han muerto de esta manera, al abrigo de un olivo, de un muro, exhibiendo el impúdico desgarro con sus tripas palpitantes.



Gesualdo Bufalino, Museo de sombras

enero 26, 2011

Ochenta años después

Tres fragmentos del Prólogo al Índice de la nueva poesía americana, publicado originalmente en Buenos Aires, en 1926 y reeditado en Lima, en 2007 por la librería anticuaria Sur, perteneciente a El Virrey, cuya reciente crisis seguramente ensanchará la leyenda negra de ésta y otras antologías. La nueva edición incluye un prólogo de Mirko Lauer y un colofón de Mario Montalbetti.


I

Dejo aquí asesinadas las distancias.
     Se puede ir ahora en pocos minutos desde la esquina de Esmeralda y Corrientes, en Buenos Aires, hasta la calle de la Magnolia, en México.
     Pero no se crea que esto es una contribución al acercamiento de los países cuya explotación perdió España hace ya sus añitos. Tengo premura en declarar que el hispanoamericanismo me repugna. Eso es una cosa falsa, utópica y mendaz convertida, como no podía ser de otro modo, en una profesión idéntica a otra cualquiera. Se es hispanoamericanista como médico o comerciante. No conozco uno solo de tales parásitosque ejerza su oficio con desinterés, o así fuera solo con disimulo.

Alberto HIDALGO


II

No hay ruta exclusiva, ni una poesía escéptica de ella misma.
     ¿Entonces? Buscaremos siempre.
     En estremecimientos dispersos mis versos sin guitarra y sin inquietud, la cosa así concebida lejos del poema, robar la nieve al polo y la pipa al marino.
     Algunos días después me di cuenta de que el polo era una perla para mi corbata.
     ¿Y los exploradores?
     Convertidos en poetas cantaban de pie sobre las olas derramadas.
     ¿Y los poetas?
     Convertidos en exploradores buscaban cristales en la garganta de los ruiseñores.

Vicente HUIDOBRO


III

Un antiquísimo cuentero de cuyo nombre no quiero acordarme (es de Cervantes ese festejado melindre y se lo devuelvo en seguida) cuenta que en los principios de la era cristiana salió del mar una gran voz, un evangelio primitivo y final, y anunció a la gentilidad que el dios Pan había muerto. Tanto me gusta suponer que las cosas elementales participan en las del alma y son sus chasques o lenguaraces o nuncios, que hoy querría hablarles a todos con la voz salobre del mar y la incansable de los ríos y la enterrada de los pozos y la extática de los charcos, para decirles que se gastó el rubenismo ¡al fin, gracias a Dios!

Jorge Luis BORGES



1926



2007




















enero 10, 2011

Sobre Cuaderno del paseante

En el número de enero de la revista Este País aparece una generosa reseña de José Mariano Leyva sobre Cuaderno del paseante. Acá unos extractos:

Un salto al vacío que, para colmo, nos pide que gocemos al caer.

[...]

Guiado de la mano de William Carlos Williams, por ejemplo, Ramírez nos sugiere que los poemas sirven para medir, y que esta tarea se torna ardua cuando “el hombre moderno ha perdido la medida de sí mismo. Todos sus sistemas de creencias —morales, religiosas, etcétera— han sufrido un cambio”. De la misma manera, Ramírez rescata a Gilles Lipovetsky en una sentencia que el sociólogo francés propuso: estamos saturados de información. Lipovetsky se refiere sobre todo a información televisiva, radiofónica, la que como salivazos de poca profundidad empapan Internet. Moisés Ramírez se mueve mucho en medio de esos dos conflictos, sin duda complementarios: un exceso de información vana que provoca perder la medida de nosotros mismos. ¿Qué queda entonces? No la receta para solventar los problemas. Para ello ya estamos inundados de libros de cómo ser felices en 15 minutos. Tampoco la búsqueda del ser en religiones, escapes, incluso filosofías. La opción para Ramírez sabe mucho a pérdida. A esclarecerse individualmente a través de lo irrecuperable. No como nostalgia, como precepto. Encontrarle cariño a la incertidumbre.

[...]

Los paseos literarios se confunden con los paseos por la ciudad. Las valoraciones se toman con cautela, como si su emisor fuera también el primer detractor. El libro es un estado de ánimo. Sombrío las más de las veces. Ramírez se pregunta a cada vuelta de página por qué está haciendo lo que hace, pero nunca deja de hacerlo. Escribir. Leer. Preguntarse. Mantener el semblante lúgubre. El nihilismo es un invitado recurrente en Cuaderno del paseante. Y esos dos ingredientes —lo lúgubre, lo nihilista—, recuerdan mucho al estilo de los escritores modernistas aún decadentes del cambio del siglo XIX al XX. Descreer de todo y aceptar que se vive con un propósito tan poco seguro como la eterna búsqueda de la estética. Y luego descreer también de ella.

[...]

Los libros persiguen a Moisés Ramírez de manera obsesiva. Lo hacen sufrir. Cada opción literaria se torna en infinita posibilidad. Un laberinto que, a cada paso, construye nuevas paredes. Nuevos pasadizos. Los libros no lo dejan en paz. Le convierten la cabeza en una caja de resonancia que no para de emitir reflexiones. Algunas muy poéticas, algunas muy racionales. Son varias las páginas de su propio libro donde confiesa este mal. Un padecimiento que recuerda al Mal de Montano de Enrique Vila-Matas. Las ideas leídas se vuelven reflexión escrita. No hay escapatoria. Es la prolongación del lúcido mal. Y no me cabe la menor duda: Ramírez no se deshará de ese anatema. Seguirá leyendo, escribiendo. La literatura lo seguirá persiguiendo. Eso me da mucho gusto y me hace pensar: es la primera vez que celebro una maldición.

enero 05, 2011

Perec: Disparition/Secuestro



Sur l'ambition qui, tout au long du fatigant roman qu'on a, souhaitons-nous, lu sans trop d'omissions, sur l'ambition, donc, qui guida la main du scrivain

L'ambition du «Scriptor», son propos, disons son souci, son souci constant, fut d'abord d'aboutir à un produit aussi original qu'instructif, à un produit qui aurait, qui pourrait avoir un pouvoir stimulant sur la construction, la narration, l'affabulation, l'action, disons, d'un mot, sur la façon du roman d'aujourd'hui.
     Alors qu'il avait surtout, jusqu'alors, discouru sur sa situation, son moi, son autour social, son adaptation ou son inadaptation, son goût pour la consommation allant, avait-on dit, jusqu'à la chosification, il voulut, s'inspirant d'un support doctrinal au goût du jour qui affirmait l'absolu primat du signifiant, approfondir l'outil qu'il avait à sa disposition, outil qu'il utilisait jusqu'alors sans trop souffrir, non pas tant qu'il voulût amoindrir la contradiction frappant la scription, ni qu'il ignorât tout à fait, mais plutôt qu'il croyait pouvoir s'accomplir au mitan d'un acquis normatif admis par la plupart, acquis qui, pour lui, constituait alors, non un poids mort, non un carcac inhibant, mais, grosso modo, un support stimulant.

D'où vint l'obligation d'approfondir? Plus d'un fait, à coup sûr, la motiva, mais signalons surtout qu'il s'agit d'un hasard, car, au fait, tout partit, tout sortit d'un pari, d'un a priori dont on doutait fort qu'il pût un jour s'ouvrir sur un travail positif.
     Puis son propos lui parut amusant, sans plus; il continua. Il y trouva alors tant d'abords fascinants qu'il s'y absorba jusqu'au fond, abandonnant tout à fait moult travaux parfois pas loin d'aboutir.

Ainsi naquit, mot à mot, noir sur blanc, surgissant d'un canon d'autant plus ardu qu'il apparaît d'abord insignifiant pour qui lit sans savoir la solution, un roman qui, pour boscornu qu'il fût, illico lui parut plutôt satisfaisant: D'abord, lui qui n'avait pas pour un carat d'inspiration (il n'y croyait pas, par sur croît, à l'inspiration!) il s'y montrait au moins aussi imaginatif qu'un Ponson ou qu'un Paulhan; puis, surtout, il y assouvissait, jusqu'à plus soif, un instinct aussi constant qu'infantin (ou qu'infantil): son goût, son amour, sa passion pour l'accumulation, pour la saturation, pour l'imitation, pour la citation, pour la traduction, pour l'automatisation.

Puis, plus tard, s'assurant dans son propos, il donna à sa narration un tour symbolisant qui, suivant d'abord pas à pas la filiation du roman puis pour finir la constituant, divulguait, sans jamais la trahir tout à fait, la Loi qui l'inspirait, Loi dont il tirait, par fois non sans friction, parfois non sans mauvais goût, mais parfois aussi non sans humour, non sans brio, un filon fort productif, stimulant au plus haut point l'innovation.

Il comprit alors qu'à l'instar d'un Frank Lloyd Wright construisant sa maison, il façonnait, mutatis mutandis, un produit prototypal qui, s'affranchissant du parangon trop admis qui commandait l'articulation, l'organisation, l'imagination du roman français d'aujourd'hui, abandonnant à tout jamais la psychologisation qui s'alliant à la moralisation constituait pour la plupart l'arc-boutant du bon goût national, ouvrait sur un pouvoir dont on avait fait fi, mais qui, pour lui, mimait, simulait, honorait la tradition qu'avait fait un Gargantua, un Tristram Shandy, un Mathias Sandorf, un Locus Solus, ou –pourquoi pas?– un Bifur ou un Fourbis, bouquins pour qui il avait toujours rugi son admiration, sans pouvoir nourrir l'illusion d'aboutir un jour à un produit s'y approchant par la jubilation, par l'humour biscornu, par l'incisif plaisir du bon mot, par l'attrait du narquois, du paradoxal, du stravagant, par l'affabulation allant toujours trop loin.

Ainsi, son travail, pour confus qu'il soit dans son abord initial, lui parut-il pourvoir à moult obligations: d'abord, il produisait un «vrai» roman, mais aussi il s'amusait (Ramun Quayno, dont il s'affirmait l'obscur famulus, n'avait-il pas dit jadis: «L'on n'inscrit pas pour assombrir la population»?), mais, surtout, ravivant, l'insinuant rapport fondant la signification, il participait, il collaborait, à la formation d'un puissant courant abrasif qui, critiquant ab ovo l'improductif substratum bon pour Troyat, un Mauriac, un Blondin ou un Cau, disons pour un godillot du Quai Conti, du Figaro ou du Pavillon Massa, pourrait, dans un prochain futur, rouvrir au roman l'inspirant savoir, l'innovant pouvoir d'un attirail narratif qu'on croyait aboli!

La Disparition, Gallimard, 2008.
Del deseo que, siguiendo el decurso de este difícil cuento, que quisiésemos que usted se hubiese leído sin omitir ningún folio, del deseo, pues, que guió el boli del escritor

El deseo del «Escribidor», su propósito, digo inquietud, digo el insosiego con el que vivió fue priero el conseguir un producto único e instructivo, un producto que tuviese, que pudiese tener un poder de estímulo en los constructos, en los hilos, en el discurrir, en el modo de sucederse los hechos, por decirlo sin rodeos en los modos y modelos de los novelones de hoy.
     Si bien siempre disertó sobre su posición, su ego, su entorno, su decisión o su indecisión, su gusto por el consumo que, según se dijo, lo convirtió en objetófilo, quiso, movido por principios eruditos del gusto del momento, defensores febriles del indiscutible poder del sgte, sumergirse en un instrumento corriente, instrumento cuyo uso en ningún momento le hizo sufrir, y no es que quisiese empequeñecer el intríngulis escriptórico, ni que se desentendiese de él por completo, sino que creyó que pudiese existir por medio de un conocimiento preceptivo reconocido por todos, conocimiento que, según él, constituyó entonces no un peso muerto, ni un constreñimiento inhibidor, sino, grosso modo, principio impulsor.

¿De dónde vino el empeño en incidir en lo mismo? Muchos hechos, seguro, lo produjeron, pero mencionemos sobre todo que tiene su origen en el destino pues, de hecho, todo surgió, todo surtió de un reto, de un principio no muy seguro de que se obtuviese un producto positivo.
     Luego consideró su propósito divertido y sólo eso, divertido; pero continuó. Encontró entonces numerosos senderos sugestivos y se metió de lleno en ellos, con descuido de muchos otros estudios punto menos que concluidos.

De este modo se reveló, término por término, negro sobre níveo (surgiendo de un precepto que supone un enorme escollo, porque el que lee sin conocer su solución cree que es pueril) un escrito novelesco que, por excéntrico que fuese, en ese momento creyó suficientemente bueno.
     En principio, él que siempre pensó no tener ni un dedo de genio (¡ni mucho menos creyó en ningún momento en el genio!) logró el mismo nivel de inventio que un Ponson o que el que publicó Noeud de Vipère o que un Tournier. Pero sobre todo su proyecto llenó por completo el gusto que sintió desde niño: su deseo sin freno, colmó su querer loco por lo repetitivo, por los espejismos, por los textos de otros, por los intérpretes, por reescribir, por el constreñimiento.

Después, seguro de su objetivo, su cuento fue cogiendo un tono simbólico que, siguiendo primero punto por punto los novelones corrientes, constituyó y divulgó, pero sin descubrir todo, su Ley motriz. Y exprimiendo su Ley con fruición explotó un filón muy productivo que estimuló mucho su espíritu inventivo, por momentos con muy buen gusto, por veces con humor e incluso con brío.

Comprendió entonces que, como un F. Lloyd Wright construyendo su cubículo, erigió, del mismo modo, un producto prototípico, libre de los modelos comunes de invención, de sucesión de los hechos, de orden interno, por los que se rigen los escritores. Lutecinos hoy por hoy. Evitó, conscientemente por siempre, el recurso cómodo de lo psicológico unido con lo ético que constituye el súmmum del buen gusto de este terruño. Su producto le hizo entrever un poder desconocido, un poder que se ingnoró, pero que según él sirve de estímulo y se inscribe con honor en el surco que descubrieron libros como El Quijote o Locus Solus, como los de Sterne, los de Julio Verne, los de Leiris, o –por qué no un Opus Nigrum o Opus Niveum– libros por los que siempre expresó, con gritos incluso, su fervor, sin poder cumplir sus deseos de conseguir un escrito que los repitiese, en su diversión, en su humor ilógico, en su disfrute del término preciso, en el poder sugestivo de un cierto tono irónico, de lo retorcido, de lo invertido, del ingenio siempre inquieto poniéndose siempre límites superiores.
     Dicho esto, su work, por muy confuso que resulte en los primeros folios, cumple con muy diversos deberes: primero constituye un novelón «corriente y moliente», pero, lo que es mejor, divierte (¿no dejó dicho Reimond Quenó, del que se pretende oscuro mimo: «No se escribe con intención de entristecer el pueblo»?), pero sobre todo, como revigorizó el sutil nexo que fundó el sentido lingüístico, intervino, contribuyó en el surgir de un potente y corrosivo espíritu crítico que cuestionó, de hecho, el improductivo poso del que se sirven gentes como Julien Green, Blondin, o lo que es lo mismo, los grupis del Muelle Conti, de Minute, o de Point de Vue. El «Scriptor» cree que este espíritu crítico puede, en un futuro próximo, reconducir los cuentos modernos por los senderos de un conocimiento ingenioso y novedoso que genere tipos de sucesión de hechos que se creyeron perdidos.

El secuestro, Anagrama, 2010.


Perec - La Disparition

diciembre 07, 2010

El Palacio de los Sueños


Dice Baudelaire que la verdadera realidad es la del sueño. Si es así, este libro de Ismaíl Kadaré sería una realidad nada soportable. Más pesadilla que sueño, El Palacio de los Sueños recuerda inevitablemente a Kafka, a Borges, tan leídos —y soñados— desde cierta oscuridad. Mientras pensaba en esto, me reproché casi al instante la comparación simplista con los autores antes mencionados, pues también habría que pensar en Pessoa, o en Montaigne, si se prefiere. Las relaciones literarias entre Kadaré y los otros no pueden ser más que obra de la neurosis, mi neurosis vestida de intelecto, me dijé y desperté rodeado de cartapacios en los que estaban escritos todos los sueños: el sueño del mundo.
     Más que los sueños regulados por un imperio a las claras totalitario, lo que va construyéndose en lo más profundo de la novela es la traición, no precisamente al imperio, sino al origen individual, familiar, que rápidamente se vuelve la única resistencia posible ante una identidad impuesta, a las traiciones a uno mismo, víctima o partidario del sistema. O ambas.

octubre 14, 2010

Diccionario jázaro: hipernovela



El Diccionario jázaro de Milorad Pavić es un libro múltiple, un excelente —y abrumador— ejemplo de hiperliteratura, puesto que su estructura es, esencialmente, hipertextual. Se trata de un libro que en buena medida enlaza el pasado con el futuro: en la técnica literaria (inevitable pensar en Calvino, Queneau, Perec...), en la historia y hasta en la mística. Con Pavić, el lector aprende necesariamente a leer ante obras que exigen una participación no sólo abierta sino trascendente, en la que esté dispuesto tanto al ir y venir en el libro (el clásico estilo Rayuela) como en los sueños; pues como dice el propio Pavić, «solamente aquel que sepa leer las partes de un libro en el orden correcto, puede crear de nuevo el mundo.» Y también: «es más importante creer en mirar, en escuchar y en leer que en pintar, en cantar o en escribir.»

En el sitio oficial de Pavić hay un ensayo de Jasmina Mihajlovic titulado Milorad Pavić and Hyperfiction del cual pego unos extractos:

A literary text grows to become an electronic text – reading and writing develops on a computer which makes non-linear and non chronological narration possible just like the primary one, the one which is characteristic of oral literature, where rhapsods organize and link fragments into a permanently movable whole which has neither a classical beginning nor a classical end and where the text is subject to perpetual changes.

[...]

It seems that an important turn and revolution has happened in the literature of the 20ieth century with the appearance of the literary works that have characteristics of the hypertext as well as with the transition of fiction into a new technology, so that literature can be divided into two currents. First of them being the non interactive and the second – the interactive writings, so that the future of fiction lies in this key.

agosto 10, 2010

El plagio original


Contra la ansiedad de las influencias, nada mejor que el éxtasis de las influencias. Precisamente tal es el título original de este ensayo de Jonathan Lethem, The Ecstasy of Influence. A plagiarism, traducido por la editorial Tumbona como Contra la originalidad.

Dice la cuarta de forros:
Uno de los sonsonetes más cantados por el mundo artístico ha sido el “deber de la originalidad”. No somos nada si no aspiramos a lo auténticamente único. Jonathan Lethem toma el canto con las reservas de quien ha detectado influencias secretas y plagios descarados a todo lo largo del espectro de la cultura, y con certera provocación desmenuza y tira por la borda los supuestos que insuflan vida y orgullo a los acólitos de la originalidad. Tras una profusión de ejemplos y argumentos, para el final del ensayo queda muy poco del templo de los “únicos” y los “renovadores”.

Un díptico anarquista

Estos dos libros de Roberto Arlt, Los siete locos y Los lanzallamas, serían muy útiles para los tiempos que vivimos, cuando menos para perderse en divagaciones que nos conduzcan a los más homdos y oscuros rincones de nuestro triste espíritu occidental y atormentado.

Aquí la anarquía es al final un buen repaso a la miseria y la indignidad de las sociedades (o de los principios de las sociedades) latinoamericanas. Arlt es, por supuesto, el maestro que todo escritor desearía tener, excepto Borges.






Dejo un par de citas de los prólogos de ambos libros:

el Erdosain de roberto Arlt se desvincula de la esfera social y religiosa para llevar consigo las tribulaciones de los imperativos que a su pesar lo dominan: Dios, la sociedad. Esto significa que Remo Erdosain se piensa y piensa a los demás desde dos puntos referenciales: la vinculación del hombre con la divinidad y la vinculación con la sociedad.
     Sus actos se inspiran en los dictados de esos imperativos. Está atraído alucinadamente por esos dos polos que, a la vez, niega.

Mirta Arlt, prólogo a Los siete locos.


El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un “cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “que los eunucos bufen”.

Roberto Arlt, prólogo a Los lanzallamas.

julio 15, 2010

Carta de Lord Chandos

Este texto clásico de Hugo von Hofmannsthal sobre la crisis del lenguaje, clasificado dentro de la literatura bartleby, va más allá de una insuficiencia del discurso y toca puntos claves dentro del pensamiento contemporáneo, que a su vez remite a un pensamiento tan antiguo como las religiones orientales. En el centro del mundo angustioso, el lenguaje entra en crisis para poder descubrir otra realidad, otro lenguaje, otra crisis...

La edición de José J. de Olañeta incluye un breve pero sustancioso Acercamiento a la Carta de Lord Chandos de Friedrich Th. Widerberg, del cual dejo unos extractos:


Crisis del lenguaje

Una verdad parcial y fragmentaria puede presentarse a veces con rotunda y aplastante sensación de totalidad en un contexto de confusión, y sólo con el tiempo y la progresiva maduración de otros aspectos de la personalidad adquirirá sus justas dimensiones y ocupará su lugar relativo en la armonía del conocimiento. La evidencia del discurso se complementará entonce, en un paradójico equilibrio, con la capacidad del lenguaje no ya para encerrar y agotar una verdad, pero sí para indicar la dirección en que debe orientarse la mirada.


Desintegración del yo

El hundimiento del mundo de las palabras implica inevitablemente el desmoronamiento del yo, de esa construcción ficticia a través de la cual cada uno se representa, con un grado mayor o menos de autoconvicción, el personaje que parece haberle tocado en suerte en la vida social y que no es, en definitiva, más que una acumulación de palabras, de ideas más o menos precarias que una atención silenciosa, implacable en su renuncia a cualquier compromiso previo —pre-juicio, en el sentido literal del término—, disuelve de manera más o menos fulminante:«Ni siquiera sé si sigo siendo la misma persona».


Transmutación de la realidad

la mirada que se dirige al mundo deja de estar rutinariamente condicionada por los hábitos mentales y los prejuicios de lo «ya conocido», una perspectiva nueva se abre a la percepción: la realidad adquiere una nueva dimensión; como si a una imagen plana se le añadiera una visión estereoscópica, relaciones antes inobservadas se manifiestan a la mirada, otorgando a las cosas y a los seres un valor distinto.

julio 03, 2010

La primera novela de Boris Vian

1. Voy a escribir este post escuchando On n'est pas là pour se faire engueuler, de Boris Vian.

2. Hace algunos meses en Tusquets apareció la primera novela de Vian, con motivo de su 50° aniversario luctuoso. El título original es Troubles dans les andains, que ahora se presenta como A tiro limpio.

Esta novela, de las más cercanas para mí de toda la obra de Vian, era prácticamente inconseguible; si mi bibliofilia no me engaña, la única traducción al español publicada era la de Icaria, de 1987, que, casualmente, fue el primer libro que leí de Boris Vian.

La novela tiene ese ritmo acelerado de toda la obra y la vida del autor de La espuma de los días, de modo que parece, a la par de otros títulos, que efectivamente Vian las escribía en apenas un par de días. Plagada de violencia y absurdos, la búsqueda del barbarino bifurcado o barbarón bífido finalmente se deja de lado; hay un héroe azteca de origen inca, Popotepec Atlazotl, y una mascota, el famoso Rhizostomus gigantea azurea oceanensis, que explota.

3. Boris Vian. Barón Visi. Brisavión.

4. Termino el post mientras, casi al mismo tiempo, va acabando Le déserteur, otra famosa canción de Boris Vian.

junio 29, 2010

Los sueños futuros

Dejo una animación sobre Pieza única de Milorad Pavic, un libro extraordinario sin extravagancias inútiles y con cien finales posibles. Un thriller esotérico que tiene la peculiaridad de ser una novela delta. Notará el lector este hecho en el acompañamiento del ya famoso Cuaderno azul del Inspector superior Eugen Stross, que es otra novela. El final, o los finales, dependerán siempre del sueño, de los sueños del lector, cazados (¿asesinados?) por Aleksandar Klozevits.

Hay que poner atención en la perspectiva simbólica del amor de este autor serbio, la cual aparece también en Siete pecados capitales y, sospecho (puesto que no lo he leído aún pero ya lo he hojeado un poco), en Diccionario jázaro. Una visión mágica que rápidamente calificaríamos de oriental, de medioriental, y que está también, a su modo, en el libro de otro autor serbio, Goran Petrovic, La mano de la buena fortuna, también ampliamente recomendable.

febrero 15, 2010

Que sí, Queneau


Si usted, como yo, es ocioso y terco, disfrutará la lectura de los Ejercicios de estilo (Cátedra, 1989) de Raymond Queneau (que, como se sabe, se pronuncia Que-no). Este libro trata una historia simple: Alguien (el narrador) ve en el autobús a un muchacho de unos 26 años con sombrero y cuello muy largo, quien increpa a un hombre algo mayor diciéndole que cada vez que los pasajeros suben o bajan del autobús le pisa los pies. Luego, el muchacho se lanza a un asiento que ha quedado libre. Un rato más tarde el narrador vuelve a ver al muchacho en la estación Saint-Lazare conversando con un amigo que le aconseja añadir un botón a su abrigo.


El ocio y la terquedad aparecen cuando esta historia es repetida 99 (noventa y nueve) veces, cada una con un estilo diferente. Este libro es uno de los más concidos de Queneau, y es un ejemplo de lo que, unos años más tarde, escribirían los miembros del famoso OuLiPo, fundado por el propio Queneau.

diciembre 07, 2009

Un asunto solitario

¿Qué me hace ser lo que soy? ¿Soy sólo una idea, una posibilidad...?

Rodrigo Pardo, La máquina



Recuerdo ya con menos nerviosismo dos libros que leí casi al mismo tiempo: La hierba roja de Boris Vian y La invención de Morel de Bioy Casares. Más o menos por esas fechas mis entusiasmos literarios se enfocaban en las máquinas como representación no solamente de la realidad sino de la literatura toda. Piénsese en La invención de Morel, en la máquina, como la literatura, y en la máquina del tiempo de La hierba roja como la posibilidad de borrar todo lo que existe desde la literatura, o bien, desde el lenguaje.

La máquina (Premio García Lorca 2006/Teatro de la Universidad de Granada), de Rodrigo Pardo me ha devuelto a esa realidad mecanizada del lenguaje, o de la conciencia, o de la conciencia del lenguaje. En todo caso esa relación entre el hombre y la máquina (oscuro cliché de nuestra era), que en el libro es entre la mujer y la máquina (también mujer), conforma un conflicto trágicamente médico (sin el melodrama de las series de televisión): El trabajo de la máquina es mantener con vida a Lucía, y, por supuesto, el conflicto entre ambas ronda los cuestionamientos sobre la despersonalización (¿deshumanización?) de la vida. Una mujer mecanizada que conversa con una máquina humanizada/feminizada.

Y de pronto ya estoy pensando en nuestra comunicación en línea: hablamos con una pantalla que a fin de cuentas no es otra cosa que el reflejo de nuestras ausencias, la proyección de una soledad etiquetada por el vacío: no un vacío literario, sino virtual. Como esto:
MÁQUINA: Deberías decirlo, soy una máquina. Un conjunto de circuitos y conexiones, programada para acompañar, para proteger, y por ahora preocupada por mantenerte con vida. [...] Comencé a funcionar cuando me encendiste, cuando me hablaste de ti y del mundo, mejor dicho, de lo que queda de él, inerte...

LUCÍA: ...te descubrí espejo de mis propias ausencias. Pareciera que no me queda nada excepto alimentarme, dialogar contigo, dormir, volver a alimentarme, y así por los siglos de los siglos.

octubre 16, 2009

Juan Rulfo, primera novela

Cuelgo acá una noticia que estamos celebrando desde hace varios días:
Jaime Mauricio Panqueva Bernal Escritor de relatos, nacido en Colombia y nacionalizado en México, donde reside desde hace más de seis años. Es ganador del Premio Juan Rulfo a Primera Novela 2009, convocado por el Instituto Nacional de Bellas Artes a través de la Coordinación Nacional de Literatura, el Gobierno de los Estados de Tlaxcala y Puebla a través del Instituto Tlaxcalteca de la Cultura y la Secretaría de Cultura, respectivamente.

En base al dictamen emitido el pasado 2 de octubre, por Eve Gil, Pedro Ángel Palou y Guillermo Vega Zaragoza, jurado calificador del premio, decidió otorgar el premio por unanimidad al trabajo titulado “Tribulaciones de Chinos en Indias”, presentada bajo el seudónimo “Julio González de Mier” por Jaime Mauricio Panqueva Bernal, por considerarla una novela arriesgada en su planteamiento dueña de una gran investigación histórica y cuyo argumento mezcla diversas tradiciones narrativas y un excepcional manejo de los diálogos en un relato sobre la Colonia y varios de sus personajes más conspicuos.

[...]

De igual forma, el jurado decidió otorgar dos menciones honoríficas a las novelas: Moho, presentada bajo el seudónimo Creta Kanoo por Paulette Jonguitud Acosta, debido a su ingenio y humor negro y a La Fauna de las tinieblas, presentada con el seudónimo Frank Zafka por Moisés Ramírez que tiene una prosa depurada de tintes clásicos, ampliamente recomendable para su publicación.

septiembre 12, 2009

De paseo

Ayer apareció en un diario local (La Voz) un reportaje sobre blogs, en el que de un modo algo raro, se menciona el mío. Espero no tardar demasiado en pegar el vínculo. Por ahora me mantengo algo distante, mucho más distante de este cuaderno virtual, pues me he quedado sin conexión en mi pc portátil. Por lo pronto enviaré mensajes desde el móvil.

Estoy por acabar La conciencia de Zeno, de Italo Svevo. Hasta ahora, leyendo el libro, no he podido hacer otra cosa que descubrir más obsesiones y paranoias en mí, además de que creo que ahora sí voy a dejar de fumar. Quién sabe, a lo mejor el último cigarro lo fumaré al acabar el libro.

agosto 31, 2009

Más de Joe Brainard

Voy camino a casa tras pasarme la tarde leyendo a Brainard. Hoy apareció en Provincia una nota de la presentación del Cuaderno... Efectivamente la lectura ha sido maratónica, y yo me he divertido mucho soltándole al público mis disparates. Creo, si no me engaña la vanidad (pero esto lo dijo Borges), que no ha quedado un mal libro. Al menos, como dije ese día, como cosa que hay que tener aunque no se la lea.

Va una cita de Brainard: "Me acuerdo de fantasear con heredar un montón de dinero de un familiar al que ni siquiera conocía." ¿No hemos hecho acaso todos lo mismo?